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domingo, 7 de noviembre de 2010

Mono Que Ladra 6/11/2010 (por Laura Garaglia)

Cada tanto suspira. Sus pectorales de guata y paño se inflaman y desinflan. Pesadamente. Uno podría suponer que el ser humano dentro del disfraz de gorila tiene calor, y el agotamiento sudoroso lo hace gemir. Pero es evidente que suspira por otras dolencias. Por la indiferencia del mundo, por el cansancio variopinto, por el mensaje que no recibe respuesta. Y también henchido de amor, de armonía, de comunión con su público que lo escucha embelesado y reflexivo, presente, contante y sonante. Por eso también suspira, como suspiran los enamorados. Porque, en efecto, una velada musical con el Mono Que Ladra, es un encuentro de amor. Ese amor tanguero, que es a la vez sentimental y recio. Que dice y sugiere, manda a guardar y acaricia. Nunca, o casi nunca en un recital, se escucha tanto y tan atentamente. Porque el Mono, que es cantor y decidor, intérprete y expositor, hace que escuchemos música y palabras con todo nuestro cuerpo. Entonces todo es presencia, y están allí con nosotros sus hermanos elegidos, resucitados, celebrados: Discépolo, Cátulo, Girondo, Tuñón, Manzi (la versión de "Milonga triste" es una puñalada en las neuronas). Y es tan bueno convivir de noche con poetas...
En nuestra "sociedad del espectáculo", donde todo es mostrado y exhibido, circulan espúreas definiciones sobre el ser artista, todas en general ligadas al travestismo moral y a las máscaras del alma. Mi mono cantor se disfraza para desencubrir sentimientos y expresar ideas: trabajadas, elegidas, enlazadas en texto y música para nosotros, para sí mismo, para los muertos sin honores merecidos. El trabajo doloroso y sagrado de un artista.
Por eso, en esos suspiros se mueven aires que, como los árboles, purifican el aire.

lunes, 4 de enero de 2010

martes, 18 de agosto de 2009

Los regalos del Museo de Pompeya

Tocar en Pompeya fue muy intenso. Hacía meses que no hacíamos una presentación en vivo y, a pesar de la fina sencillez de Nilda y sus compañeros y la familiaridad del lugar, la conciencia permanente de que estábamos en pleno Pompeya, con el Puente Alsina siempre presente a unos metros, dio a la velada una impronta de cuerda floja que puede haber desagradado a quienes no gustan de las expresiones enormemente humanas pero quizá haya deleitado a quienes acuden a las “variedades” para ser inquietos partícipes del riesgo de los artistas. Por ahí vamos.
¡Gracias por los regalos, Museo y Ateneo de Estudios Históricos de Nueva Pompeya! ¡Salú!